Columna escrita por Pablo Gámez-Cersosimo. Países Bajos.

Más allá de ser un obstáculo, la brecha digital se puede traducir como una oportunidad histórica para América Latina.

Si bien COVID-19 ha expuesto las fracturas y carencias en infraestructura, conocimiento y acceso digital de las poblaciones, también nos plantea un contexto único en favor de desarrollar un pensamiento digital sustentable y crítico, entendiendo y respondiendo a las necesidades que este largo confinamiento nos enseña en nuestra nueva condición de ‘ermitaños digitales’.

El Banco Interamericano de Desarrollo (BID) ha financiado un importante análisis titulado “El estado de la digitalización de América Latina frente a la pandemia del COVID-19”. La investigación fue elaborada por Fernando Callorda, Juan Jung y Raúl Katz, a través del Observatorio CAF del Ecosistema Digital.

Una de las principales conclusiones de esta investigación nos dice que la desigualdad digital en América Latina está afectando a grandes segmentos de la población continental, además de sectores y estructuras vitales como gobiernos, instituciones y empresas.


Las carencias.- América Latina y el Caribe, expone el informe, está posicionada en un nivel de desarrollo intermedio respecto a otras regiones del mundo en términos de desarrollo de su ecosistema digital. Con un índice de 49,92 (en una escala de 0 a 100), la región está en una posición más avanzada respecto a África (35,05) y Asia Pacífico (49,16).
Sin embargo, a pesar de los avances significativos de los últimos quince años en el desarrollo de su ecosistema digital, América Latina y el Caribe todavía muestra un rezago respecto a Europa Occidental (con un índice de 71,06), América del Norte (80,85), Europa del Este (52,90) y los Estados Árabes agrupados en torno al acrónimo MENA (55,54).

A este rezago se suma una tasa de crecimiento anual del índice inferior a la de otras regiones. En efecto, América Latina y el Caribe pertenece al grupo de países del mundo emergente que presenta una moderada tasa de crecimiento anual de su digitalización.

Como ya está ocurriendo a escala mundial, las redes latinoamericanas también están siendo afectadas por el aumento exponencial del tráfico. En particular, se identifica una disminución de velocidad de banda ancha fija en Chile (-3%) y Ecuador (-19,6%), combinando esto con un incremento de la latencia en la misma tecnología en Brasil (11,7%), Chile (19,0%), Ecuador (11,8%) y México (7,4%).

El informe financiado por el BID acierta en señalar que la velocidad de banda ancha, cuando se incrementa en un 100%, tiene un impacto en el Producto Interno Bruto de 0,73%. De igual forma, si la velocidad disminuye y se perpetua, el impacto económico es negativo.

Desde el Instituto Georgetown para Política y Derecho Tecnológico, el investigador Gigi Sohn agrega que “es una lástima que se haya necesitado una pandemia para que las personas se den cuenta de que si no tienes acceso a Internet estás excluido de la participación en la sociedad”.

De igual forma, la organización pro derechos humanos, Human Rights Watch, documentaba que aproximadamente la mitad de la población mundial, el 46 por ciento, no está conectada a Internet. Cabe recordar que el acceso a Internet se considera dispensable para garantizar los derechos humanos y que los gobiernos de todo el mundo se comprometieron a proporcionar acceso universal y asequible a Internet. Tampoco hay que olvidar que las brechas digitales son particularmente profundas en los países mejor conectados, como sucede en caso de Estados Unidos o de China.

Así, COVID-19 puede ser entendida como la primera pandemia digital de nuestra historia moderna. Es decir, la primera emergencia sanitaria a nivel mundial que coincide con un contexto donde nuestra infraestructura digital ha pasado a ser un salvavidas que trabaja a todo vapor para sostener el funcionamiento de las sociedades.


Las oportunidades.- Cuando la amenaza que representa el coronavirus haya disminuido, la brecha digital aún deberá cerrarse. Efectivamente, la pandemia es un poderoso recordatorio del efecto de la brecha digital, pero también de las oportunidades que supone.

¿Cuáles son estas oportunidades? Podemos identificar fundamentalmente dos áreas estratégicas. Por una parte, apostar por una neoinfraestructura digital basada en la sustentabilidad, aprovechando las herramientas y conocimiento para descarbonizar el uso de la Internet; y segundo, diseñar una educación digital -en distintos niveles- para entender y asumir responsablemente el impacto de nuestro comportamiento digital con sus respectivas consecuencias en la llamada ‘Economía de la Distracción y el diseño digital adictivo’.

En definitiva, un pensamiento crítico que nos garantice el funcionamiento de Internet bajo los parámetros de una infraestructura digital descarbonizada; y disponer de un conocimiento profundo que nos enseñe la teoría y herramientas indispensables para no ser absorbidos por el tsunami corporativo que ya se adivina para ‘cerrar’ gentilmente la brecha digital Latinoamericana.

Hay que evitar que la brecha se convierta en un ‘corralito’ digital. Y América Latina está en capacidad de evitarlo.

En este contexto, resulta fundamental visualizar los distintos actores, instituciones y fuentes de financiamiento para que América Latina proyecte un salto cuantitativo y cualitativo en la consolidación de una infraestructura ‘naturalmente digital’, tal y como la entendemos en The Orange Institute.


Autor

Pablo Gámez-Cersosimo, es un periodista costarricense, basado en Utrecht, Países Bajos, con especialización en coaching de sostenibilidad digital centrándose en la creación de entornos digitales sostenibles para organizaciones e individuos. Co-Fundador de The Orange Institute.


Nota de pie : Activist Planet informa a los lectores que los puntos de vista, pensamientos y opiniones expresados en el texto pertenecen únicamente al autor.